Zapatos para Jesús

Solo faltaban unos días para la Navidad.

Aún no me había atrapado el espíritu de estas fiestas.

Los estacionamientos llenos y dentro de las tiendas

el caos era mayor. No se podía ni caminar por los pasillos.

¿Por qué vine hoy? Me pregunté.

Me dolían los pies lo mismo que mi cabeza.
 photo SURPRISE221216_zps4ycnojuk.png
En mi lista estaban los nombres de personas que decían

no querer nada, pero yo sabía que si no les compraba algo,

se resentirían. Llené rápidamente mi carrito con compras

de último minuto y me dirigí a las colas de las cajas registradoras.

Escogí la más corta, calculé que serían por lo menos 20 minutos de espera.

Frente a mí había dos niños, un niño de 10 años y su hermana de 5 años.

El estaba mal vestido con un abrigo raído, zapatos deportivos muy grandes,

a lo mejor tres tallas más grande. Los jeans le quedaban cortos.

Llevaba en sus sucias manos uno cuantos billetes arrugados.

Su hermana lucía como él, sólo que su pelo estaba enredado.

Ella llevaba un par de zapatos de mujer dorados y resplandecientes.

Los villancicos navideños resonaban por toda la tienda y yo podía

escuchar a la niñita tararearlos. Al llegar a la caja registradora, la niña le dio

los zapatos cuidadosamente a la cajera, como si se tratara de un tesoro.

La cajera les entregó un recibo y dijo: son $6.09. El niño puso

sus arrugados billetes en el contador y empezó a rebuscarse los bolsillos.

Finalmente contó $3.12. Bueno, pienso que tendremos que devolverlos,

volveremos otro día y los compraremos, añadió. Ante esto la niña dibujó

un puchero en su rostro y dijo: “Pero a Jesús le hubieran encantado estos zapatos”.

Volveremos a casa, trabajaremos un poco más y regresaremos por ellos.

No llores, vamos a volver. Sin tardar yo le completé los tres dólares

que faltaban a la cajera. Ellos habían estado esperando en la cola

por largo tiempo y después de todo era Navidad.

Y en eso un par de bracitos me rodearon con un tierno abrazo

y una voz me dijo: “Muchas gracias señor”.

Aproveché la oportunidad para preguntarle qué había querido decir

cuando dijo que a Jesús le encantarían los zapatos. Y la niña

con sus grandes ojos redondos me respondió:

“Mi mamá está enferma y yéndose al cielo. Mi papá nos dijo que se iría

antes de Navidad para estar con Jesús. Mi maestra de catecismo dice

que las calles del cielo son de oro reluciente tal como estos zapatos.

¿No se le verá a mi mamá hermosa caminando

por esas calles con estos zapatos?

Mis ojos se inundaron al ver una lágrima bajar por su rostro radiante.

Por supuesto que sí le respondí. Y en silencio le di gracias a Dios

por usar a estos niños para recordarme el verdadero valor de las cosas.

Desconozco autor

 photo f2031-1_zpsig8g8hq5.png