Recordando a José Hernández

“Ha muerto el senador Martín Fierro”. Así tituló un diario en octubre de 1886 para informar el fallecimiento de José Hernández, el hombre confundido por el personaje que creó. El medio gráfico que dio esa noticia pertenecía a La Plata, ciudad cuyo nombre es atribuido a José Hernández y cuya universidad la Universidad Nacional de La Plata- fue fundada por su hermano menor, Rafael José.

Hijo de madre unitaria y de padre federal, el escritor, periodista, político, taquígrafo, militar y, entre otras cosas, librero José Rafael Hernández nació el 10 de noviembre de 1834 en la chacra de la casa de su tío Juan Martín de Pueyrredón, en el actual partido de San Martín, provincia de Buenos Aires. A poco de nacer, Hernández quedó al cuidado de su tía Victoria, a quien llamaba “mamá Totó”, mientras sus padres trabajaban en estancias del sur de la provincia. Luego, cuando su tía debió emigrar por razones políticas, el niño quedó al cuidado de su abuelo, José Gregorio Hernández Plata, en una quinta de Barracas sobre el Riachuelo.

A los doce años y a poco de la muerte de su madre, el joven debió mudarse a las pampas bonaerenses por prescripción médica. Afectado por una dolencia física, al parecer del pecho, su padre, que era mayordomo en una de las estancias del por entonces gobernador Rosas, se lo llevó al campo. Allí, Hernández entró en contacto directo con el gaucho y con sus tareas de todos los días, en una época caracterizada por la intensa actividad de los saladeros. Así lo describe su hermano Rafael: “Allá en Camarones y en Laguna de los Padres se hizo gaucho, aprendió a jinetear, tomó parte en varios entreveros y presenció aquellos grandes trabajos que su padre ejecutaba y de los que hoy no se tiene idea”.

La casa donde nació el poeta, ubicada en el partido bonaerense de San Martín
La casa donde nació el poeta, ubicada en el partido bonaerense de San Martín. Foto: Archivo
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Allí, Hernández aprendió las costumbres, el habla y las problemáticas de los trabajadores rurales, materia prima para la obra que lo consagraría tiempo después: “El gaucho Martín Fierro”. La juventud en el campo le permitió a Hernández, el intelectual burgués, conocer acerca del gaucho, quien se convertiría en el enunciador, cantor, soldado y voz popular del texto del que Hernández sería autor, poeta, ideólogo y escritor.

En su libro “Muerte y transfiguración de Martín Fierro”, Ezequiel Martínez Estrada dice lo siguiente sobre la personalidad de Hernández: “Es cuatro cosas por la naturaleza de su ser, de su carácter: militar, periodista, político y poeta. Las cuatro manifestaciones activas de su psique corresponden a un mismo tipo extravertido, y tres, -militar, periodista y político- por igual al combatiente”. Entre 1852 y 1872, Hernández defendió la postura de que las provincias no debían permanecer ligadas a las autoridades centrales, establecidas en Buenos Aires. Combatió por su ideal federal provincial desde la espada y la pluma literaria y periodística y muchas veces lo hizo desde el exilio.

En 1853 participó por primera vez en algunas campañas militares en la provincia de Buenos Aires, donde trabajó como redactor en “La reforma pacífica”, diario perteneciente al Partido Federal Reformista, defensor de la incorporación de Buenos Aires a la Confederación. Tras un duelo, Hernández se trasladó a Paraná, capital de la Confederación y adhirió a la política de Justo José de Urquiza. Allí trabajó como corresponsal de “La reforma pacífica” y participó en “El nacional argentino”, donde usaba un seudónimo porque en ese entonces trabajaba como secretario del vicepresidente Juan Esteban Pedernera. En octubre de 1858 formó parte del ejército de la Confederación que venció a los porteños en la batalla de Cepeda y también participó en 1861 en Pavón, con las tropas de Urquiza, que esta vez fueron derrotadas por los soldados de Bartolomé Mitre.

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Desde las páginas de “El Río de la Plata”, diario que fundó al volver a Buenos Aires en 1869, Hernández se opuso al presidente Domingo Faustino Sarmiento, defensor de la civilización, entendida como europeización, y férreo atacante de la barbarie, que para él constituían el gaucho y el indio. Desde ese medio gráfico, Hernández hizo públicos los abusos que cometían las autoridades de la campaña contra los gauchos y se proclamó defensor de los hombres de campo.

Pero Hernández no se quedaba sólo con la palabra, participaba en persona de la acción. Tomó parte en la última rebelión gaucha, la de Ricardo López Jordán, que finalizó en 1871 con la derrota de los gauchos y su posterior exilio a Brasil y luego a Uruguay. En 1872, Hernández volvió a Buenos Aires por una amnistía otorgada por Sarmiento. Ese año publicó “El gaucho Martín Fierro”, poema de queja, lamento y desafío. El protagonista y narrador de la obra es un gaucho que vive feliz con su mujer e hijos hasta que las autoridades lo apresan arbitrariamente para destinarlo a la frontera para terminar con los indios. Allí es víctima de un sistema corrompido y cruel. Deserta y al regresar a su tierra encuentra su rancho destruido y su familia desaparecida. “Antes de cair al servicio, tenía familia y hacienda. Cuando volví, ni la prenda me la había dejao ya”, cuenta Martín Fierro. La desesperación lo empuja a convertirse en un hombre fuera de la ley. Es perseguido por la justicia y en una pelea ocasional conoce a Cruz, con quien casualmente cruza la frontera para unirse a los indios, así pasa de la civilización a la barbarie, si se toma en cuenta el binomio más famoso de Sarmiento.

El emisor, referente y destinatario del poema –para sorpresa del autor- resultó ser el gaucho, cuya voz se empezaba a oir gracias a la escritura de Hernández. Desde su lugar de intelectual, exhibía lo popular, silenciado desde la cultura. Por eso su obra no fue bienvenida por la crítica del momento. Sucede que en su texto aparecía la lengua ilegítima: “…y atiendan la relación que hace un gaucho perseguido, que padre y marido ha sido empeñoso y diligente, y sin embargo la gente lo tiene por un bandido…”.

“A pesar de su buena pluma, Hernández no vive exclusivamente de la literatura y de los trabajos periodísticos”, así lo describía el recientemente fallecido historiador Jorge Rivera en su libro “El escritor y la industria cultural”.

A mediados de 1873, López Jordán invadió Entre Ríos y el gobierno de Sarmiento puso precio a su cabeza y la de sus colaboradores. Hernández, en condición de prófugo, se refugió en Montevideo, en donde ejerció el periodismo en “La Patria”. Dos años después, cuando Nicolás Avellaneda asumió como presidente, Hernández regresó a Buenos Aires y participó en varios medios, entre ellos la revista de sátira política “Martín Fierro”, en la que con tres años de anticipación se informaba sobre la segunda parte de la obra homónima. Esta salió en 1879 con el nombre de “La vuelta de Martín Fierro”. En ella, el personaje regresa a la civilización, se incorpora a la ley burguesa y se reencuentra con sus hijos, a quienes da una serie de consejos.

El contexto de esta segunda parte es otro. El país se ordenó. El gobierno manda a la frontera al ejército de línea. Los gauchos podrán trabajar como peones rurales, serán usados para la economía como mano de obra rural. Aquí Hernández propone la obediencia: “El que obedeciendo vive nunca tiene suerte blanda. Mas con su soberbia agranda el rigor en que padece: obedezca al que obedece y será bueno el que manda”. Fierro se incorpora al sistema del vencedor, que es Buenos Aires. El poema tiene un final reconciliador.

En 1880, con la asunción de Julio Argentino Roca como presidente de la nación, José Hernández abogó desde la Legislatura por la federalización de la ciudad de Buenos Aires, orientándose en el autonomismo nacional. Luego fue vocal del Consejo General de Educación y senador provincial de Buenos Aires, electo en 1881 y reelecto en 1885.

En 1886 asumió la presidencia de la Nación Miguel Juárez Celman. El 21 de octubre, José Hernández falleció atacado por una afección cardíaca. Sus biógrafos coinciden en señalar como sus últimas palabras: “¡Buenos Aires! ¡Buenos Aires!”.

Hernández nunca podrá escuchar los elogios que después de muerto recibió su obra “Martín Fierro”. Menos podrá enterarse que en honor a él, cada 10 de noviembre, fecha en que nació, se festeja el Día de la Tradición. Todo vino después de que sus restos fueran enterrados en el cementerio de La Recoleta.

Así lo explica Pablo Alabarces, titular de la cátedra Seminario de Cultura Popular y Cultura Masiva de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA: “Cuando la aparición urbanizada de la inmigración europea a comienzos del siglo XX se constituye como una cultura popular real y peligrosa, aparece el mito de lo rural y la utilización del Martín Fierro como símbolo de lo popular. Total, el Martín Fierro está muerto, no molesta más a nadie, no hay más gauchos. Entonces, esta operación de arcaización y ruralización aparece como el mecanismo más eficaz como para contrarrestar una cultura popular real que está apareciendo en las ciudades”.

Hernández, desde su palabra y su acción, tuvo como virtud hacer hablar y defender al gaucho, personaje marginado de su época. Como Hernández bien dijo, su pluma vino a “abrirle al pobre gaucho las puertas de la opinión ilustrada”. Una vez que ambos el gaucho y Hernández- desaparecieron, el Martín Fierro fue considerado como figura de lo nacional para acallar otras voces que ya no tienen un Hernández para ser escuchadas.

María Paula Sebastián

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