Luis Federico Leloir (1906/09/06 – 1987/12/17) Bioquímico argentino Premio Nobel.

El 6 de septiembre de 1906, la señora Hortensia Aguirre Herrera se sintió hinchada, descompuesta. No era ninguna sensación que desconociera, pues ya había tenido otros cuatro hijos. Pero ahora estaba por alumbrar un bebé en París, ciudad a la que había llegado con sus sirvientes, pero en una circunstancia extrema: iban a operar a su marido, Federico. Y él murió diez días antes de que ella empezara a sentir esos dolores de parto, en una casona de la Rue Víctor Hugo número 26. Allí fue donde nació Luis Federico Leloir.
 photo LUISFEDERICOLELOIR_zpspe5rhsni.png
El niño habrá pegado su primer grito en Francia, pero era en todo sentido un perfecto argentino. Sus antepasados vasco-franceses habían llegado al Río de la Plata allá por los tiempos de Rosas. Se hicieron de gran cantidad de tierra fértil, entonces barata por el asedio del indio, lo que garantizó un lugar a toda la descendencia en lo que se llamó después la oligarquía. Pero la vida de Leloir tuvo poco que ver con esos derroches de manteca al techo que hicieron famosa a su clase en la época en la que él nació. Fue señor modesto hasta el ascetismo, un auténtico monje de la ciencia. Un tipo de conductas metódicas, previsibles, pautables, que no dejó de trabajar hasta el día en que murió, 81 años más tarde, el 2 de diciembre de 1987. Su legado fue reconocido en 1970 por la Fundación Nobel, cuando le entregaron el Premio de Química. Pero él hizo algo más importante que ello: abrió el camino a la ciencia para entender cómo se activa el proceso por el cual los azúcares se transforman, son asimilados y proveen energía a las células del organismo. Una clave de la vida. Científico de científicos. Mente brillante pero de pasiones sencillas. ¿Quién diría que uno de los objetos más preciados de Leloir era una foto autografiada de Carlitos Balá? El podía transitar con naturalidad perfecta de la ciencia más dura a las películas de cowboys. Tipo amable pero tímido, de humor sutil. Racional por sobre todas las cosas, lo que no podía excluir la religión. Sobre esto, dijo lo siguiente: “No es que no crea en Dios. Es sólo que no está demostrado. Mientras no me demuestren lo contrario, seguiré pensando que no existe. Es un poco una deformación profesional “.

UN PIBE MIMADO
Leloir era el menor de 9 hermanos, pues su padre había tenido otros cuatro niños con su primera mujer. Su imagen de estos años no encaja con la del niño prodigio que se la pasa en soledad, meditando. En una infrecuente entrevista, su hermana Marta contó que él era juguetón. Pero agregó también: “Aprendió a leer solo. Tendría unos cuatro años. El se tiraba de barriga en el suelo y hojeaba los diarios. Nos asombró “.

Fue un estudiante regular. Empezó por la carrera de arquitectura, en París, pero no le interesó. Ya en la facultad de Medicina tuvo problemas para atravesar anatomía: tuvo que rendir cuatro veces la materia antes de aprobarla. Cuando trabajaba de residente en el Hospital de Clínicas y el Ramos Mejía se dio cuenta de que no sabía qué hacer con un paciente. “La desilusión con la medicina lo hizo ir a las bases”, dice el doctor Alejandro Paladini, el primer becario que trabajó con Leloir. Es que una vez que halló la investigación en el laboratorio se convirtió en un tipo apasionado por lo suyo.

Pero antes de que empezara a hacer descubrimientos científicos, Leloir realizó otro hallazgo de alcance memorable para la tradición culinaria argentina: la salsa golf. Sí, se necesitó un futuro Premio Nobel para mezclar la proporción exacta de ketchup y mayonesa y conseguir esa crema anaranjada. Pero él no tenía en mente a los palmitos, sino a los camarones y langostinos que solía devorar en el Club de Golf de Playa Grande, en Mar del Plata. Fue luego el restaurante de la institución el que perpetuó la creación. “¿Te acordás, Lucho, de tu primer descubrimiento?”, le preguntó un amigo. “Lástima que no lo patentamos. Hoy tendríamos más medios para investigar”, contestó Leloir.
EL ENCUENTRO CON HOUSSAY
Al regresar a la Argentina, Leloir vivió en la casona de Florida 770 y luego en Viamonte y 25 de Mayo. A media cuadra de los Leloir estaba la casa de Victoria Ocampo, su prima. Su hermana estaba casada con el doctor Bonorino Udaondo, otro ilustre doctor, quien fue el que recomendó al desorientado joven médico a Bernardo Houssay, una mente de la cual se enamoró. Era el año 1933. Houssay, que iba a ser Premio Nobel de Medicina en 1947, era el único que tenía un instituto de investigación en la facultad. El dirigió el trabajo de tesis de Leloir. El aplicado alumno la completó en tiempo récord –menos de dos años– y, encima, se ganó el premio al mejor trabajo. Estando junto a su maestro, se dio cuenta de que no sabía nada de física, de química ni de matemáticas. Empezó a asistir a cursos, aunque sin rendir exámenes. Y aprendió cada una de estas disciplinas como cuando descifró sus primeras palabras en el diario: solo.

Cosas del destino, la casualidad o la ciencia hicieron que Leloir siempre se topara con algún Nobel a lo largo de su vida. No sólo Houssay. En 1935 se fue a estudiar a la Universidad de Cambridge con Frederick Hopkins, que en 1929 se había ganado el premio por su descubrimiento de las vitaminas. Con él, aprendió de enzimología y cuando decidió que ya sabía todo lo que había que saber del tema, se volvió a Buenos Aires. Años más tarde, iba a perfeccionarse a los Estados Unidos, donde trabajó en el laboratorio con el matrimonio de Carl y Gerty Cori, quienes obtuvieron el galardón en 1970, igual que él.

El mundo vivía en la plena convulsión de guerra cuando Leloir iba dejando la juventud. En la Argentina se venía la irrupción del peronismo. En 1943, el gobierno de facto de Pedro Pablo Ramírez echó a Houssay de la facultad por firmar una solicitada antinazi. Y Leloir, por lo tanto, se quedó sin lugar donde investigar. Su profesor fue el que le recomendó partir a los EE.UU. Y él se fue del brazo de su flamante Esposa, Amelia Zuberbühler. El ya pisaba los 40, lo que ahora puede parecer muy normal. Pero, entonces, los hombres no se aferraban tanto a su soltería. Cada mañana, Amelia (con quien tuvo una hija, también bautizada Amelia) conducía a Leloir de su departamento en la calle Newton, frente a la embajada británica, al recién inaugurado Instituto Campomar, en la calle Julián Alvarez 1719, donde se reinsertó a trabajar cuando regresó a la Argentina. Fue la época más próspera de sus investigaciones, que lo hicieron merecedor del Nobel.

SECRETOS DE LOS ACIDOS
Leloir hizo varios trabajos importantes. Uno, junto al doctor Juan Mauricio Muñoz, sobre el metabolismo de los ácidos grasos. Ellos lograron desmentir un principio que venía de la época de Pasteur: hasta entonces se creía que para estudiar una célula no se la podía disgregar de un organismo. Pero Leloir y Muñoz consiguieron oxidar ácidos grasos con extractos de células hepáticas.

Junto a otro equipo, Leloir descubrió también los mecanismos y sustancias por las cuales un riñón enfermo genera hipertensión arterial. Pero fue en la vieja casona de Palermo Viejo donde Leloir dio con el descubrimiento que lo plasmó en el bronce. El que trajo el tema fue otro científico, Rawell Caputo, un hombre especializado en biología de la glándula mamaria (de más está decir que todos los científicos bromeaban con la obsesión de Caputo por los pectorales femeninos). Progresaron tan rápido con el tema que al equipo no lo paraba nadie. Fue trabajando con el becario Alejandro Paladini cuando Leloir logró aislar en una cromatografía en papel una sustancia llamada uridina-di fosfato glucosa o UDPG. Eso lo llevó al Nobel.

LA LUCIDEZ DE DECIR BASTA
Así como Leloir, al que todos llamaban El dire, tenía ideas brillantes, también sabía cuándo un problema no daba más. Sus asistentes los llamaban “los abandonos de Leloir”, recuerda Paladini. “Leloir tenía pasión por la ciencia. Todo lo demás venía después. Era un científico obsesionado”. No le gustaba la música: se quedó en Gardel, nunca avanzó hasta Piazzola. Trabajó casi toda la vida en una silla de paja a la que ataba con piolines. Apoyaba sus pies en un cajón de manzana. Usaba siempre el mismo guardapolvo gris. Nunca cobró un peso. Para vivir estaba la herencia familiar. Eran memorables los almuerzos en el Instituto. Se tomaba mate cocido y cada uno traía su vianda. “A Leloir no le gustaban los conflictos”, recuerda Enrique Belocopitow, otro asistente. A fines de los ’50, el Campomar se mudó a Obligado y Monroe, donde se enteró del Nobel. Se brindó con champán, pero en probetas. Ese día él estaba desbordado, pero trató de disimularlo. Llegó, como siempre, en su Fiat 600. Entonces, él dijo que el premio se lo merecía el resto de su equipo: Caputo, Paladini, Carlos Cardini y Raúl Trucco. El filántropo Carlos Campomar donó un millón de pesos para un “Nobel argentino” para todos. En la ceremonia, Leloir tomó un sobre y dijo: “Tengo un cheque, pero tengo que dividirlo en cuatro”. Tomó una tijera y fue cortando cuatro pedacitos para premiar a cada científico. Pero adentro de cada trocito había un cheque bien doblado, por la suma que le correspondía a cada uno. Ese era el humor de Leloir. Así vivió.

http://edant.clarin.com/

 photo SEPARADOR130914_zpsd5dd0e38.png