El bosque estaba casi desierto cuando el hombre se sentó para leer debajo de los largas ramas de un viejo roble.

Estaba desilusionado con la vida, con buenas razones para llorar, pues el mundo intentaba hundirlo.

Y como si ya no tuviera razones suficientes para arruinar su día, un chico llegó, jadeando, cansado de jugar.
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Se detuvo delante suyo, con la cabeza baja y le dijo, lleno de alegría:
¡Mire lo que he encontrado!

El hombre lo miró desanimado y vio que en la mano tenía una flor.
¡Qué visión lamentable! Pensó para si . . .

La flor tenía los pétalos caídos, hojas marchitas, y seguramente nada de perfume.
Quería verse libre del chico y de su flor, y así el hombre desilusionado simuló una sonrisa y dio vuelta la cara.

Pero en vez de volver atrás, el chico se sentó a su lado, levantó la flor a la altura de su nariz y declaró con extraña sorpresa:

-¡El aroma es magnífico, y es muy hermosa también…! Por eso la arranqué. ¡Tómela! Es suya.
La flor estaba muerta o muriéndose, sin nada de colores vibrantes como naranja, amarillo o rojo, pero él sabía que tenía que tomarla, o el chico no saldría jamás de allí.

Extendió entonces su mano para asirla y comentó, con sarcasmo:
– Era justamente lo que me faltaba.

Pero, en vez de ponerla en la mano del hombre, él la sujetó en el aire, sin ninguna razón.
Y en ese momento el hombre se dio cuenta, por primera vez, que el chico era ciego y que no podía ver lo que tenía en las manos.

La voz se le apagó en la garganta por algunos instantes…
Tibias lágrimas cayeron de su rostro mientras agradecía, emocionado, por recibir la mejor flor de ese jardín.

El chico se marchó jugueteando, feliz, oliendo otra flor que tenía en su mano, y desapareció en el amplio jardín, en medio de la arboleda.

Seguramente iría a consolar otros corazones, que aunque tengan la visión física, están ciegos para los verdaderos valores de la vida.

Ahora el hombre no se sentía más desanimado y los pensamientos corrían en la mente con serenidad.

Se preguntaba cómo aquel chico ciego se habría dado cuenta de su tristeza a tal punto de acercarse con una flor para ofrecérsela.

Concluyó que tal vez su autopiedad lo hubiera impedido de ver la naturaleza que cantaba a su alrededor, dando noticias de esperanza y paz, alegría y perfume…

Y como Dios es misericordioso, permitió que un chico privado de la visión física lo despertase de aquel estado depresivo.

Y el hombre, finalmente, consiguió ver, a través de los ojos de un niño ciego, que el problema no era el mundo, sino él propio.

Y aún compenetrado en profundas reflexiones, llevó aquella fea flor hasta su nariz y sintió la fragancia de una rosa…

Verdaderamente ciego es todo el que no quiere ver la realidad que lo envuelve.

Muchas veces, personas que no perciben el mundo con los ojos físicos, penetran en las maravillas que los rodean y quedan extasiados con tanta belleza.

Quizás haya sido por esa razón que un pensador afirmó que “lo esencial es invisible a los ojos solo se lo ve con el corazon”

Dany Susevich

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