Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y
flores se estaban muriendo.
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El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el
Pino.
Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la
Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble.
Entonces encontró una planta, una fresia, floreciendo y más fresca que nunca.

El rey preguntó:

¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?

– No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste,
querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías
plantado. En aquel momento me dije: “Intentaré ser Fresia de la mejor
manera que pueda”.

Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia.
Simplemente mirate a vos mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por vos, o podes
marchitarte en tu propia condena…

OBSTÁCULOS

Voy andando por un sendero.
Dejo que mis pies me lleven.

Mis ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras. En el
horizonte se recorta la silueta de una ciudad. Agudizo la mirada para
distinguirla bien. Siento que la ciudad me atrae.

Sin saber cómo, me doy cuenta de que en esta ciudad puedo encontrar
todo lo que deseo. Todas mis metas, mis objetivos y mis logros. Mis
ambiciones y mis sueños están en esta ciudad. Lo que quiero conseguir, lo que
necesito, lo que más me gustaría ser, aquello a lo cual aspiro, o que
intento, por lo que trabajo, lo que siempre ambicioné, aquello que sería
el mayor de mis éxitos.

Me imagino que todo eso está en esa ciudad. Sin dudar, empiezo a
caminar hacia ella. A poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Me
canso un poco, pero no me importa.
Sigo. Diviso una sombra negra, más adelante, en el camino. Al
acercarme, veo que una enorme zanja me impide mi paso. Temo… dudo.
Me enoja que mi meta no pueda conseguirse fácilmente. De todas maneras
decido saltar la zanja. Retrocedo, tomo impulso y salto… Consigo
pasarla. Me repongo y sigo caminando.
Unos metros más adelante, aparece otra zanja. Vuelvo a tomar carrera y
también la salto. Corro hacia la ciudad: el camino parece despejado. Me
sorprende un abismo que detiene mi camino. Me detengo. Imposible
saltarlo

Veo que a un costado hay maderas, clavos y herramientas. Me doy cuenta
de que está allí para construir un puente. Nunca he sido hábil con mis
manos… Pienso en renunciar. Miro la meta que deseo… y resisto.
Empiezo a construir el puente. Pasan horas, o días, o meses. El puente
está hecho. Emocionado, lo cruzo. Y al llegar al otro lado… descubro
el muro. Un gigantesco muro frío y húmedo rodea la ciudad de mis
sueños…
Me siento abatido… Busco la manera de esquivarlo. No hay caso. Debo
escalarlo. La ciudad está tan cerca… No dejaré que el muro impida mi
paso.

Me propongo trepar. Descanso unos minutos y tomo aire… De pronto veo,
a un costado del camino un niño que me mira como si me conociera. Me
sonríe con complicidad.
Me recuerda a mí mismo… cuando era niño.
Quizás por eso, me animo a expresar en voz alta mi queja: -¿Por qué
tantos obstáculos entre mi objetivo y yo?

El niño se encoge de hombros y me contesta: -¿Por qué me lo preguntas a
mí?

Los obstáculos no estaban antes de que tú llegaras… Los obstáculos
los trajiste tú.

JORGE BUCAY

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