El próximo 9 de julio se cumplirá el Bicentenario de la Independencia Nacional. La magnitud del aniversario que para nosotros tienen una muy profunda significación. Porque bien se sabe que nuestro San Miguel de Tucumán fue sede del Congreso de las Provincias Unidas, que el 9 de julio de 1816 otorgó definitiva solidez jurídica a aquel movimiento libertario iniciado el 25 de mayo de 1810.

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En un acto de valentía, desdeñando el dramático horizonte que rodeaba en ese momento al impulso independentista americano, las Provincias Unidas proclamaron algo que todos compartían. Lo venían sellando, desde seis años atrás, con la sangre vertida en la guerra contra los ejércitos realistas. Como lo testimonia el acta de ese día, invocando a Dios y por la autoridad de los representantes de cada jurisdicción, el Congreso declaró “solemnemente a las faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias, romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas, e investirse del alto carácter de nación libre e independiente”.

No es necesario decir que ese pronunciamiento constituye el más alto suceso en la historia de la República Argentina. Y que el cumplimiento de los dos siglos que van corriendo desde entonces, marca un aniversario de la máxima significación. Se han programado, y se seguirán programando sin duda, actividades diversas con el propósito de festejarlo, a lo largo de todo el año. Bien está que la celebración sea lo más nutrida, amplia y plural posible, ya que a todos nos implica una evocación de esa naturaleza.

Pero hay algo que va mucho más allá de las fiestas. Las grandes fechas de la patria, deben ser ocasión para algo que trascienda la parafernalia de los discursos, de las inauguraciones, de las placas recordatorias y de los fuegos artificiales. Nos parece que convocan a valores más profundos y más perdurables, vinculados con el aniversario que se conmemora.

Lo que estamos celebrando es el arranque de la independencia; es decir de la personería autónoma de nuestro país en el concierto de las naciones del mundo. Esa autonomía tenía como presupuesto una comunidad unida. Y unida no solo por el hecho de habitar un territorio determinado, sino solidificada por el acuerdo de su gente en torno a un proyecto común.

Es lo que necesitamos ahora, dos centurias más tarde. Hablamos de un proyecto capaz de mantenerse y de crecer por encima y más allá de las divergencias políticas de la ciudadanía. Un proyecto de unos pocos pero fundamentales objetivos que nadie pueda discutir, ya que la meta final será la creación de una sociedad mejor y más justa. En la hora presente del país, donde inician su mandato nuevas autoridades, nos parece que resulta urgente encolumnarse detrás de objetivos de esa índole. Nuestra sociedad necesita superar los vientos de desunión que soplan sobre ella, y mirar resueltamente hacia nuevos destinos.

Todo esto no puede surgir de otra fuente que del diálogo, donde es posible escuchar todas las ideas y extraerles, consensuadamente, lo que tengan de positivo y de posible. Si lo logramos en 2016, habrá de tornarse doblemente memorable el Bicentenario de la Independencia. Ojalá que sea así.

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