Hoy se cumple un nuevo aniversario del nacimiento del autor teatral Martín Coronado, el primer vecino celebre que tuvo el partido de 3 de Febrero. El 4 de julio de 1850 nació en Buenos Aires y luego de convertirse en un reconocido escritor se mudó para estos pagos, que por aquel entonces comprendían una zona rural, chacras y de casas quintas.
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Martín Coronado fue un periodista, poeta y dramaturgo. Su obra se encuadra dentro de la escuela romántica, cuando las temáticas criollas comienzan a afianzarse en el teatro argentino. Su primera obra fue un libro de versos, “2 Poesías”, publicado en 1873. Tras tornarse hacia el teatro, integró la Academia Argentina, la cual dirigió entre 1876 y 1878.

Escribió varias obras de teatro, tanto en verso como en prosa. Entre ellas se destacan: La rosa blanca (1877), Luz de luna y luz de incendio, 1810, Salvador (1883), La flor del aire, Cortar por lo más delgado (1893), Un soñador (1896), Parientes pobres, Justicias de antaño, La piedra del escándalo, La chacra de don Lorenzo y El sargento Palma, cuyo título da nombre una de las calles del distrito.

Coronado alcanzó reconocimiento con La piedra del escándalo, la cual estrenó junto a José Podestá en el Teatro Apolo, el 16 de junio de 1902. Esta obra, un drama de tres actos en verso, contó con la participación de Pablo Podestá.

Martín Coronado falleció el 20 de febrero de 1919, en una chacra de su propiedad ubicada en la localidad de Caseros. En su honor uno de los barrios más importantes del distrito lleva su nombre, al igual que una de las estaciones del Ferrocarril Urquiza.

 

Siempreviva (Martín Coronado)

‎Cuando partí, su corazón, ya mío
Lanzó su vida de mi planta en pos:
Aquel nido de amor quedó sombrío
Como tumba sin lágrimas… vacío
‎Como el alma sin Dios.

‎¿Por qué mi paso errante en su camino
No se desvió del rancho de su hogar,
Cuando triste, y doliente, y peregrino,
El martirio de amor de mi destino
‎Arrastraba al azar?

‎¡Fuí tan cruel! Mis ojos con empeño
La envolvían en rayos de pasión,
Para arrancar á la quietud del sueño
Su ternura de tórtola sin dueño
‎Dormida en su prisión.

‎Tenía la inocencia, esa fortuna
Reservada á los pobres del saber;
Y á quince años, hermana de la luna,
Guardaba aún el sello de la cuna
‎Su alma de mujer.

‎Me amó por fin: con lánguida mirada
Buscó la mía su pupila azul;
Como el sol que corona una alborada,
El amor en la frente inmaculada
‎Tendió su rojo tul.

‎Por las tardes vagábamos unidos,
Rozando mi tostado á su alazán:
Ella, trémula siempre ante los nidos,
Con tumultuoso oleaje de latidos
‎Revelaba su afán.

‎Muchas veces á mí me adelantaba
Lanzando á la carrera su corcel,
Y una rama á los molles arrancaba:
— ¿La quieres para ti? me preguntaba,
‎¡Se parece al laurel!

‎O si no, con las flores de los tolas,
Miniaturas de nácar del jazmín,
Que en racimos abrían sus corolas,
Tachonaban sus trenzas, dueñas solas
‎Del agreste jardín;

‎Y radiante de júbilo venía
Su victoria en mis ojos á buscar:
— ¿No es verdad que estoy bella, —me decía,-
Que soy tu sueño, que tu lira es mía,
‎Que me vas á cantar?

‎Otras veces las cuestas empinadas
Ascendía, siguiendo el caracol
De la senda tortuosa en las quebradas,
Cubiertas con las alas desplegadas
‎De su gorra de sol.

‎El vaivén de su cuerpo en la montura
Revelaba abandono y languidez:
Se doblaba su mórbida cintura
Como rama de sauce que asegura
‎Dos nidos á la vez.

‎Yo entonces la seguía, y orgullosa
De guiarme en la marcha: — ¡Por aquí! —
Repetía mil veces afanosa,
Y murmuraba á intérvalos quejosa:
‎— ¡No tan lejos de mí!

‎Pensativa otras veces, como inquieta
Del abismo sin luz del porvenir,
Parecía á mis sueños de poeta
Estrella de crepúsculo, sujeta
‎A temblar… y á morir.

‎Entonces de las manos me tomaba,
Me atraía hacia ella, y, sin querer,
Su secreto en mi oído abandonaba:
— Esa pampa tan verde, — murmuraba —
‎¡Qué hermosa debe ser!

‎¡Y qué tierna. Y que bella! No colora
Al cielo el sol como el amor su faz;
Su sonrisa era el beso de una aurora,
Su palabra caricia tembladora,
‎Arrullo de torcaz.

‎Todo pasó: la arena del camino
Marcó otra vez la huella de mi pie,
Y triste, y solitario, y peregrino,
Con la sombra inmortal de mi destino
‎Del valle me alejé.

‎¡Fuí cruel, muy cruel! Alma perdida
En la noche sin astros del dolor,
Al amor sollozante de mi vida
La inmolé sobre el ara conmovida
‎Por mi eterno clamor.

‎¡Ah! pero en vano amuralló la ausencia
De mi memoria el enlutado altar:
¡Mártir de mi delirio y tu inocencia,
Dios te ató en aquel día á mi conciencia,
‎No te puedo olvidar!

‎Tu adiós, tu último adiós, vibra en mi oído
Como el eco tenaz de la expiación;
Y triunfante del tiempo y del olvido
Tu blanca imagen arrullando el nido
‎Es mi eterna visión,

‎Córdoba – 1877.

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