Manuel Dorrego nació en Buenos Aires el 11 de junio de 1787 y era hijo de un próspero comerciante portugués. Desde muy joven demostró un significativo talento intelectual, estudiando leyes en la Universidad de San Felipe, en Chile. En 1810 abandonó sus estudios para enrolarse en los movimientos conspirativos de los patriotas contra la dominación española. Así ingresó al ejército y ganó rápidamente el grado de capitán al reprimir un movimiento contrarrevolucionario. Fue herido dos veces en combate, batiéndose a las órdenes de San Martín y Belgrano. Díscolo, rebelde, San Martín lo confinó a raíz de actos de indisciplina, en mayo de 1814, ordenando su traslado a Buenos Aires.

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Lanzado a la lucha política se pronunció por el federalismo y auspició la autonomía de Buenos Aires. Junto con Manuel Moreno, Domingo French, Agrelo, Pagola y otros, fue decidido opositor del director Pueyrredón. Firme demócrata, Dorrego se opuso a los planes monárquicos de Pueyrredón por lo cual fue deportado el 15 de noviembre de 1816, residiendo en el exilio en Baltimore, donde conoció las ideas de Hamilton, Madison y Jay, a través de las célebres páginas de El Federalista.

De vuelta al país -tras distintas alternativas-, en 1823 fue electo representante ante la Junta, donde proyectó la supresión de las levas y desde las páginas de El Argentino defendió las tesis federalistas en contra del gobierno de Martín Rodríguez y de Rivadavia. En 1825, interesado en negocios de minas, viajó al Norte, visitando a los gobernadores federales Bustos, Quiroga e Ibarra. Vio luego a Simón Bolívar, quien lo impresionó profundamente y a quien consideró capaz de contener al emperador de Brasil, entonces en actitud amenazante contra las Provincias Unidas.

Contra la Constitución del 26

Dorrego, diputado por Santiago del Estero, se opuso a la totalidad del proyecto constitucional rivadaviano de 1826, considerándolo nulo porque se desconocía en él la voluntad general de las provincias. A partir de ese momento se convirtió en cabeza de la oposición federal, incorporando con su actuación elementos ideológicos en los aspectos políticos, sociales y económicos. Ese federalismo doctrinario dejaba atrás el federalismo intuitivo y espontáneo.

En el gran debate sobre el artículo 6º del proyecto constitucional, se negaba el derecho de voto en las elecciones a los menores de veinte años, a los analfabetos, a los deudores fallidos, deudores del tesoro público, dementes, notoriamente vagos, criminales con pena corporal o infamante y además, a los ‘domésticos a sueldo, jornaleros y soldados’.

Se presumía para ello que los domésticos y peones estaban bajo la influencia del patrón. Dorrego señaló que estaban en la misma situación de los empleados públicos y sin embargo se les permitía votar. Señaló que también los capitalistas no eran independientes, porque dependían de los bancos y que como estaba redactado el artículo votaría apenas una pequeñísima porción del país. Los unitarios impusieron su Constitución, pero el interior la rechazó en bloque. Salvo la provincia Oriental por razones tácticas, y Misiones, que carecía de autoridades y por ello no se pronunció.

La reconciliación nacional

Dorrego influyó con su prédica en la crisis que culminó con la renuncia de Rivadavia a la presidencia de la Nación. En agosto de 1827 fue electo gobernador de la provincia de Buenos Aires, y desde el poder realizó una política tendiente a lograr la reconciliación nacional. Esto iba a contrastar, tras su fusilamiento, con el período de terror unitario, a manos de Lavalle, y el extenso período de persecuciones y asesinatos de la mazorca rosista.

Pero lo más importante en la gestión gubernamental de Dorrego fue su política económica. Al hacerse cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires, encontró al estado en una grave crisis financiera; la deuda acumulada llegaba a los 30.000.000 de pesos. La onza, desde enero de 1826, había subido de 17 a 55 pesos; la circulación de $ 10.250.000 triplicó el dinero en giro existente antes de la guerra con el Brasil; la Aduana recaudaba cifras insignificantes a causa del bloqueo, y el mercado enrarecido incrementaba paulatinamente el drenaje de oro.

En esas circunstancias, Dorrego decidió prohibir la exportación de metálico y negociar un empréstito interno de 500.000 pesos al interés de seis por ciento. Para pagar los intereses del empréstito con la Baring, se planea la venta de tierra pública y se intenta la venta de dos fragatas mandadas a construir a Inglaterra. Es cuando los ingleses comienzan a reclamar insistentemente el pago de los intereses, y Lord Dudley insiste en que se haga la paz con el Brasil. Dorrego, pese a todo, decide ‘olvidarse’ del empréstito y de hecho suspende el pago de sus servicios.

En materia de tierras públicas, Dorrego perfecciona la ley de enfiteusis de los campos pastoriles y pone a los campos agrícolas bajo un sistema similar.

Una política democrática

En setiembre de 1827 presentó un proyecto a la Legislatura: la gobernación garantizaría los billetes ya emitidos, pero se opondría a cualquier otro tipo de emisión. A esos efectos, el gobierno inspeccionaría al Banco, y la deuda con éste sería reconocida por la provincia a nombre de la Nación.

El diputado Nicolás Anchorena acusaría poco después al Banco por emisiones clandestinas, y su violenta denuncia contra capitalistas y terratenientes extranjeros injertará una nota nacionalista en la ideología federal. El 13 de noviembre, la comisión de la Legislatura propone la caducidad del Banco y la creación de un Banco provincial. El 16 de enero de 1826 faculta a la Sala de Representantes a reformar el estatuto del Banco.

Dorrego trataba de afirmar el apoyo inicial de los ganaderos -que son mayoría en la Legislatura- y decreta la libre exportación de carnes. Con el apoyo de Rosas, que logra un status de paz con los indios, hace serios esfuerzos por extender la frontera sur.

A favor de las clases populares, fijó precios máximos sobre el pan y la carne para bajar la presión del costo de la vida; suspendió el odiado régimen del reclutamiento forzoso y prohibió el monopolio de los renglones de primera necesidad.

Su política tuvo éxito, y en febrero y marzo de 1828 -afirma Miron Burgin- ‘el peso recuperó casi todo el terreno que había perdido el año anterior’ gracias a ‘la cautelosa política de Dorrego’.

A mediados de 1828, la mayor parte de la clase terrateniente, afectada por la prolongación de la guerra, retiró a Dorrego su apoyo político y económico. Boicoteando su política integradora y popular, le negó los recursos a través de la Legislatura, forzándolo a transigir e iniciar conversaciones de paz con el imperio. Es que los terratenientes y saladeristas bonaerenses, integraban también la capa de la burguesía mercantil porteña ligada a los intereses británicos por la importación y la exportación. Por eso dejaron de apoyar al gobernador y se volvieron ‘pacifistas’.

El 1º de diciembre fue derrocado por la conspiración que encabezaba Juan Lavalle, a quien Esteban Echeverría definiría años después, como ‘esa espada sin cabeza’. La tragedia se consumaría, el 13 de diciembre, en Navarro, con el fusilamiento del líder federal.

El pueblo cantó al inolvidable caudillo y pensador federal:

Cielito y cielo enlutado
por la muerte de Dorrego,
enlútense las provincias,
lloren cantando este cielo
Cielo, mi cielo sereno
nunca más pompa se vio
que el día en que Buenos Aires
a Dorrego funeró.

Con su muerte injusta, se abría en el país un período de guerras civiles que detendría, por varias décadas, su organización nacional.

Oscar J. Planell Zanonem – Oscar A. Turone
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