Así como uno no tiene más remedio que cumplir años, pues lo contrario sería morirse (ley de vida, pero que se cumpla lo más tarde que sea posible, por favor), del mismo modo no queda otra cosa que creer en el futuro, aunque todo se vea oscuro y confuso, porque lo contrario sería admitir nuestra muerte civil. Es por eso que, al llegar el fin de año entre temblores, crisis e inseguridades varias -y, en el hemisferio sur, con un calor insoportable y humedades dignas del fondo del mar-, los pobres mortales nos unimos por unos minutos a brindar con deseos de lo mejor para todos. Yo adhiero, pero, ya un poco cansado de aguantar pavadas y disparates, quiero hacer salvedades en los augurios.

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No pienso incluir en mis deseos positivos a los que gobiernan haciendo negocios con las guerras; a los que engañan a sus pueblos con estadísticas inventadas por sus propios equipos; a los eternos “buenos opositores” que, al ejercer el poder, repiten y amplían los errores que tan acertadamente solían criticar; a los que fabrican burbujas escudándose en una libertad de empresa que debería ser correlativa con una realidad concreta que incluya a los otros (o sea, nosotros) en participaciones equitativas que estén en directa relación con nuestras posibilidades reales; a los que hacen de la medicina un torpe negocio y a los gobiernos que permiten que la salud sea patrimonio de los que pueden pagar y calvario del laburante; a los que se olvidaron de la piedad y del amor al prójimo; a los que no respetan la vida de los demás matando, violando, raptando, extorsionando y robando, arrastrados por la ambición, la locura y la falta de valores; a los que se preocupan por la educación sólo en los discursos, pero que la dejan abandonada a su propia suerte e ignoran que es la base indispensable para que sólo el pequeño margen (muy pequeño) de inadaptados por problemas psicológicos y deformaciones mentales que no les permiten incorporarse civilizadamente a la vida en sociedad sean los que transgredan las leyes, y no, como vemos en todos los países del mundo, caer en el horror del crimen a gente joven marginada sin contención; a los que eligen la violencia, el terrorismo, la intimidación y la muerte como camino para llegar a sus metas, que por justas que sean se desvirtúan en el mismo momento en que se detona la primera bomba, el primer disparo y la primera pedrada; a los que siguen teniendo prejuicios y marginan gente por raza, religión, creencias políticas, sexualidad o clase social, más allá de las “correcciones políticas” de ocasión, que se expresan en público para no quedar como retrógrados, pero que en el día a día de la vida se ponen en evidencia a cada rato y en cualquier país sea cual sea la situación política, económica y social de esos territorios; a los hipócritas que critican lo que ellos hacen a escondidas aprovechando contactos con “el poder”, ya sea legal o mafioso; a los pegadores y maltratadores que expresan su supuesto amor con obsesiones y celos posesivos que se traducen en la paliza, la muerte; a los que se olvidan de los que los ayudaron y los contuvieron con amor y amistad en duros comienzos y cuando llegue el éxito son del último que llega y no saben distinguir a los verdaderos amigos de los que “el oro nos produce”.

A todos esos y a muchos más, que seguramente habrán quedado en el tintero de la bronca, no les puedo desear un feliz y próspero Año Nuevo porque si a esos les va bien al resto nos va a ir muy mal, porque los saludos y buenos deseos tienen que ir a todos los hombres y mujeres de buena voluntad; a los que viven y dejan vivir; a los que saben que la mortaja no tiene bolsillos; a los que no se creen los mejores ni los más pícaros ni los más inteligentes; a los que aprenden a disfrutar de las cosas buenas que les pasan a los demás y en lugar de envidiar hasta el reviente de la bilis tratan de asimilar esas felicidades ajenas y, en todo caso, emular a esos seres especiales en todo lo bueno que hayan hecho.
A esos sí:

¡MUY FELIZ AÑO NUEVO!

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