Hubo un momento
en que perdió las huellas.
Perdió todo lo que llevaba
anclado a su espalda,
los viejos paradigmas,
las formas,
las máscaras,
la vergüenza,
la culpa,
los disfraces
y la gramática.

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Perdió las horas y el reloj,
el calendario y las esperas,
los anhelos y las certezas.
Perdió todo aquello que fue,
todo lo que inútilmente esperó,
todo lo que anheló y caminó
y todo lo que se quedó en el arcén.
Y así, perdiéndolo todo,
también perdió el miedo,
el miedo a los juicios
y a los feroces autojuicios,
el miedo a la muerte
y el miedo a la vida,
el miedo a perderse,
el miedo a perder…
Y desnuda de todo,
desprendida de su vieja piel,
encontró un corazón
sucediéndose a sí mismo,
retumbando cada poro de su ser,
un tambor profundo
de barro, estrellas y raíces
resonando desde dentro
con voz de anciana-niña,
que la recordaba
latido a latido,
que estaba viva,
eternamente viva,
y que era libre,
valientemente libre.

Autor desconocido por mi.

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