Por las calles que conducen a la Plaza Mayor, avanzan en tropel las fuerzas de la reconquista, envueltas en el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers, instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced, ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo. Un diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza.. Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada desenvainada, rodeado de los escoceses del 71. Esta es la última resistencia.
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Las descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas. A los pies de Beresford cae, ultimado de un balazo, su ayudante, el Capitán Kennet. El jefe inglés comprende que ya no es posible continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el Fuerte. Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento.

Volcándose como un torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos. En esas circunstancias arriba Hilarión de la Quintana, enviado por Liniers a negociar la rendición. Esta deberá ser sin condiciones. La muchedumbre, terriblemente enardecida, es a duras penas contenida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada. Un capitán británico lanza entonces la suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a la gente, y Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas, que una bandera española sea enarbolada sobre la cima del baluarte.

Liniers está ahora a pocos metros de la entrada de la fortaleza, aguardando la salida de su rival vencido. Beresford, acompañado por Quintana y otros oficiales, marcha hacia Liniers a través de la multitud que le abre paso. El encuentro es breve. Los dos jefes se abrazan y cambian muy pocas palabras. Liniers, después de felicitar a Beresford por su valiente resistencia, le comunica que sus tropas deberán abandonar el Fuerte y depositar sus armas al pie de la galería del Cabildo. Las fuerzas españolas rendirán, como corresponde, los honores de la guerra.

A las 3 de la tarde del 12 de Agosto de 1806, el regimiento 71 desfila por última vez en la Plaza Mayor de Buenos Aires. Con sus banderas desplegadas los británicos marchan entre dos filas de soldados españoles que presentan armas, hasta el Cabildo, y allí arrojan sus fusiles al pie del jefe vencedor.

En ese momento, el Comodoro Popham se dirige, a bordo de la fragata “Leda”, hacia el puerto de la Ensenada. Desde allí, después de inutilizar la batería española, emprende viaje hacia Montevideo, donde se reúne con el resto de su flota. Popham, pese a la derrota, no ha perdido sus esperanzas. Sabe que ya navegan, rumbo al Río de la Plata, nuevas fuerzas británicas.

Cuando los gauchos a caballo abordaron un barco

El abordaje a la nave “Justine”

“Buenos Aires había sido conquistada por una aventura de ladrones. Baird, Bersford y Popham se enteran que en Buenos Aires hay dos años de impuestos del Perú a la espera de su embarque. Y deciden largarse con solo 1.600 hombres cuando el plan original era hacerlo con 10.000. Es una aventura de piratas y hay que adelantarse a otros (ingleses también), que se quedarían con ese dinero. Saben que 1600 bastaban para el golpe de mano, pero no eran suficientes para mantenerse, pero ante el hecho consumado vendrían refuerzos.

El marino francés Santiago de Liniers está en Colonia con 1.000 hombres. Los ingleses, que tienen ojos y oídos por todos lados lo saben y sus buques de guerra lo esperan en el río. Liniers también espera… Espera un aliado, dice. Por fin llega, es la sudestada, temible tormenta en un río lleno de bajíos. Los ingleses ven pasar entre la lluvia las chalanas, las lanchas y las sumacas guiadas por marineros criollos.

Bersesford reúne su estado mayor. No podrán dar una batalla franca por la sudestada. Habría que defenderse en la ciudad donde los enemigos estarán por todos lados. Se hace fuerte en el retiro y en la plaza mayor. A la defensa del Retiro manda la sumaca Justina, recién capturada, armada con sus 26 cañones y con cien hombres además de la tripulación. El 11 y la mañana del 12 la Justina barre las calles con sus certeros disparos de artillería.

Sobremonte había iniciado el avance sobre Buenos Aires cuando se entera en la posta de “La Candelaria”, de la partida de Liniers. Manda a uno de sus mejores hombres, el cadete Martín Miguel de Güemes a pedirle que lo espere para hacer una acción conjunta.

El jóven oficial llega en 36 horas, al galope y sin dormir. Pero ya estaba todo terminado.

– ¿Está varado? ¡A ver el catalejo! Reclama Liniers. Usted que está bien montado pídale hombres a Pueyrredón e impidan su huída.

Y allí va Güemes con cincuenta jinetes entrando al agua desde la playa haciendo rendir al navío y capturando su bandera que hoy se exhibe entre las obtenidas ese glorioso día.

El lugar donde fue abordado el Justina sería según Martín Güemes, chozno del General, éste (Torre de Los Ingleses) por ironía o mala intención de sus constructores.

Güemes, como los gauchos de Malvinas sabían que no todo era cuestión de tecnología. Que bastaba decisión y coraje para utilizar las armas que se tenían.

Fuente http://www.malvinense.com.ar/

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