Carlos Gardel (Charles Romuald Gardès; Toulouse, Francia, 1890 – Medellín, Colombia, 1935)  photo CARLOSGARDELRODRIGO2015_zpssdbvy7mb.png Cantante, compositor y actor argentino de origen francés. A finales de la década de 1920, la identificación de Gardel con el tango era ya un fenómeno de ámbito universal. Desde entonces nunca ha dejado de reconocerse su papel esencial en el desarrollo y difusión del tango y su condición de mejor intérprete de la historia del género. Como suele suceder con las figuras de tan enorme dimensión popular, la biografía del “zorzal criollo” está teñida de leyendas, y su fama póstuma apenas ha menguado con el paso de las décadas. Durante muchos años fue habitual ver cómo mucha gente peregrinaba hasta la tumba de Carlos Gardel para pedirle salud y trabajo; en Argentina, la expresión “es Gardel” equivale a “es incomparable”. Carlos Gardel Carlos Gardel tuvo esa infancia castigada por la adversidad que parece caracterizar a todo héroe arrabalero y triunfador. Su madre, Bèrthe Gardès, nunca llegó a saber con exactitud quién era el padre de aquel hijo nacido el 11 de diciembre de 1890 en el hospital de La Grave (Toulouse) y bautizado con el nombre de Charles Romualdo, si bien una parte importante de los estudiosos sostiene que los datos anteriores son una fabulación encaminada a ocultar su condición de hijo ilegítimo de Carlos Escayola y María Lelia Oliva, y que en realidad nació el 11 de diciembre de 1887 en Tacuarembó (Uruguay). Más tarde, en los suburbios de la ciudad de Buenos Aires, adonde Bèrthe Gardès huyó en busca de unas migajas de fortuna cuando Gardel aún no había cumplido los tres años, se resignó a ver cómo su vástago o su hijo adoptivo correteaba entre las casuchas de Retiro, Montserrat o Los Corrales, y se buscaba la vida pateando calles destartaladas y sucias, creciendo con resentimiento, congoja e inseguridad. Charles se convertirá pronto en Carlitos, un muchacho despierto, simpaticón e irascible cuya única ansia consiste en alcanzar el lujo de los ricos y ganar montañas de dinero. Con dieciocho años desempeña toda clase de pequeños trabajos y ya deja oír su aterciopelada voz en esquinas, reuniones familiares y garitos. Detesta el trabajo duro, rinde culto al coraje, santifica la lealtad a los amigos y se esfuerza por imitar a los adinerados acicalándose con un esmero narcisista y casi femenino. Por aquel entonces, ese “pensamiento triste que se baila” de incierto origen, llamado tango, comenzaba a hacer furor en París. Sus intérpretes más destacados viajaban al continente y regresaban con los bolsillos a rebosar. Carlos, a quien le gusta el canto casi tanto como la “guita”, cambia la s final de su apellido por una l y prueba fortuna en algunos cafés de los barrios periféricos bonaerenses, en los que se presenta con el sobrenombre de “El Morocho”; ante la sorpresa de propios y extraños, manifiesta una aguda sensibilidad y un temperamento artístico completamente original. Su interés y sus aptitudes lo inclinan hacia el tango canción o tango con letra, escasamente cultivado hasta ese momento. En efecto, el tango estaba por entonces culminando su proceso evolutivo que lo había llevado de ser una música alegre (en compás de dos por cuatro y de origen posiblemente cubano) que se bailaba de forma un tanto procaz en las fiestas de las clases populares de Buenos Aires, a convertirse en un lamento cantado, una música nostálgica y desgarrada que los porteños acomodados habían aprendido a admirar y a bailar y que Gardel estaba destinado a dar a conocer en todo el mundo. Cuando en 1915 forma pareja con José Razzano, intérprete de tangos que ya goza de alguna fama, ninguno de los dos sospecha que en pocos años van a convertirse en ídolos tanto de los entendidos como de un amplio sector de público. Fue a raíz de una apoteósica actuación en el teatro Esmeralda de Buenos Aires, en 1917, cuando el personal estilo de interpretar el tango de Carlos Gardel caló hondo en el público porteño y dio al dúo Gardel-Razzano una fulminante celebridad. El tándem se mantendrá hasta 1925, año en que Gardel debió partir solo hacia Europa. José Razzano, aquejado de una enfermedad en la garganta, había decidido abandonar el canto. Esta desgracia de su compañero significará, no obstante, la fama internacional para Gardel. Tres años después de cruzar el Atlántico, escribe a Razzano: “La venta de mis discos en París es fantástica; en tres meses se han vendido setenta mil”. Bing Crosby, Charles Chaplin y Enrico Caruso se deleitan con canciones como “Mi noche triste”, “Volver” o “No habrá más penas ni olvido”. Si grande había sido el éxito de Gardel en París, no lo fue menos en España. Gardel debutó en solitario en 1925 en el teatro Apolo de Madrid y en el teatro Goya de Barcelona el 5 de noviembre de ese mismo año. Tal fue el recibimiento y cariño que el público le brindó en la capital catalana al “zorzal criollo”, como también se lo llamaba, que hizo de ella su centro de operaciones para sus giras europeas, no obstante sus largas estancias en París. En “Che, papusa, oí” canta Gardel: “Trajeada de bacana, bailás con corte / y por raro esnobismo tomás prissé”, acaso evocando las fiestas al estilo parisino que ofrecía por esa época la aristocracia barcelonesa, con esmoquin, champán francés y cocaína o plis o plissé, como llamaban a esta droga. La voz, la estampa y la simpatía de Gardel arrollaban, especialmente entre las mujeres. Reveladora es la entrevista “a la sombra de Gardel”, que salió publicada en Tango Moda, en 1929. La sombra era una bella francesa que seguía al ídolo por todas partes después de haberlo visto actuar una vez en el cabaret de Florida de París. “Cuando por la noche me retiro a mi cuarto del hotel, doy por muy bien pagados mis esfuerzos si le he oído cantar tres o cuatro canciones”, confesaba esta admiradora incondicional. Sus películas, como Flor de durazno, rodada en Argentina en 1917, Luces de Buenos Aires y Cuesta abajo, en Francia en 1931 y 1934, y Tango Bar, en Estados Unidos en 1935, además de Melodía de arrabal, El tango en Broadway, El día que me quieras y Cazadores de estrellas, entre otras, contribuyeron a incrementar su fama, gracias a su magnífica voz y a su fascinante personalidad. Su forma de cantar los pequeños dramas existenciales de sus tangos va a significar una revolución. Nadie es capaz de imitar el fraseo de Gardel ni su habilidad para metamorfosearse en los personajes de sus canciones. Además, su figura simpática, mezcla de pícaro y castigador siempre bien vestido y repeinado, se convierte en un modelo para los porteños. Ahora es un triunfador nato, modelo de “el que llegó”, un mito rioplatense admirado por los hombres y adorado por las mujeres. A pesar de esta imagen, Gardel fue en la intimidad un hombre tortuoso, retraído y contemplativo, atenazado por una oscura tristeza y víctima fácil del abatimiento. En cuanto a su vida sentimental, confesaría que nunca se había enamorado de mujer alguna, “porque todas valen la pena de enamorarse y darle la exclusividad a una es hacerle una ofensa a las otras”. En 1934, después de haberse paseado en olor de multitud por escenarios de Europa y Estados Unidos, Carlos Gardel inició una gira por toda Hispanoamérica provocando el delirio. Los teatros se llenaban de un público rendido al cantante argentino, que lo aclamaba y lo continuaría aclamando hasta después de su muerte. El 24 de junio de 1935, cuando se encontraba en la cúspide de su fama, el cantor murió en un accidente de aviación cuyas causas nunca se han aclarado, al menos no para los millones de apasionados del tango que en todo el mundo entonces lloraron la muerte de su ídolo y aún hoy hablan de él en tiempo presente. Gardel viajaba de Bogotá a Cali en un F-31 de la compañía Saco. Hecha escala en Medellín, el avión recorrió la pista para alzar el vuelo, pero apenas había despegado se precipitó a tierra, chocando con otro avión alemán que esperaba en la cabecera de la pista. Un velo de misterio rodeó el suceso. Corrieron rumores acerca de un tiroteo entre Gardel y uno de sus acompañantes, con el piloto del aparato como víctima inocente e involuntario causante de la tragedia. Sin embargo, y según el testimonio de los dos únicos pasajeros que lograron salvarse de los veintiuno que viajaban en el vuelo, la verdadera causa del accidente parece haber sido el fuerte viento reinante que hizo que el piloto perdiera el control del trimotor en el momento del despegue. A la confusión del accidente se sumaría después la leyenda de un cantor encapuchado cuya voz sorprendía por su parecido con la de Gardel; muchos afirmaron que el ídolo se había salvado y seguía cantando, pero no deseaba mostrar su rostro totalmente desfigurado; a ser eso cierto, el cuerpo velado por las multitudes en el estadio del Luna Park no habría sido el suyo. Pero es su espíritu lo que cuenta: un mar de melancólicos lo lloró entonces y siguió lamentando la pérdida de la voz más triste y cálida que el tango ha dado nunca. Nadie amó, ni le cantó a Buenos Aires como él. http://www.biografiasyvidas.com/


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  Rodrigo Se cumplen 15 años de la muerte de Rodrigo Bueno: un largo camino al cielo…A 15 años del fallecimiento del Potro Rodrigo, reconstruimos su leyenda, que el tiempo sólo logra agigantar. La mañana del 24 de junio de 2000 fue muy triste por la madrugada fatal que la precedió: en un accidente vial sucedido en el sur del Gran Buenos Aires (Berazategui), había fallecido el cantante Rodrigo Bueno, que al momento tenía 27 años y era el solista musical más convocante, más venerado, más febril. Hubo dolor y estupor a lo largo de todo el país, pero fundamentalmente en la metrópolis en la que germinó el furor del cantante que trascendió al cuarteto, la música que amó, para volverse un artista transversal, con legado sustancioso por más efímero que haya sido su tránsito por la cúpula. Por supuesto, la gente quedó golpeada, sobre todo en los sectores cercanos a su familia, tan vinculada a la industria discográfica por su padre (Pichín Bueno) y a la distribución de diarios y revistas por su madre (Beatriz Olave). Pero en el ambiente de nuestra música regional, a la tristeza se le sumó una agria sensación de culpa. Es que Rodrigo no logró desarrollar en su ciudad de nacimiento lo que sí está logrando su hermano UIises, que no es otra cosa que llenar nuestros tinglados con una versión aggiornada del cuarteto característico que Leonor Marzano y su orquesta patentaron hace más de 70 años. Rodrigo no fue profeta en su tierra, pero sí a 700 kilómetros de ella, donde está sepultado, donde le puso el cuerpo a una frenética serie de Luna(s) Park que coronó varios años de cosecha en las bailantas, territorio en el que Rodrigo pasó de ser un carilindo con aspiraciones románticas a un cuartetero desbordante de carisma y preciso en términos compositivos. “La Traffic se niega a levantar más de 200. Llueve en la (avenida) General Paz. Los compromisos y las urgencias de seis shows en una noche son muchos y hay que vivir rápido”. Ese pasaje de una crónica del diario Clarín, cuyo redactor había acompañado a Rodrigo un sábado a la noche, demostraba claramente lo desregulado que era todo en torno a su vida artística. Y también doméstica, porque la decisión de abarcar todo desdibujaba los límites entre una y otra. Porque Rodrigo había logrado un nivel de omnipresencia inédito en el espectáculo argentino. Estaba en todos los programas, se multiplicaba en la tapa de todas las revistas, les rendía a todos los productores mediáticos, sin importar cuál era el público objeto en cuestión. Pero el velocímetro nunca bajaba de 200. Ni los resentimientos que él generaba. Una estela Al momento de su muerte, Rodrigo Bueno llevaba sobre el lomo varios highlights: la citada serie de Luna(s), la certificación de cuádruple platino por su disco A 2000 en menos de un mes (marca sólo conseguida en Argentina por Thriller, de Michael Jackson), un show en Mar del Plata con convocatoria superior a las 120 mil personas y, por sobre todo, un consenso entre pares por afuera de la música tropical y/o cuartetera. Entre esos avales, se encontraba el conseguido en el seno del rock. Pipo Cipolatti había advertido que Rodrigo disponía de una obra con sustancia y credibilidad callejera; Joaquín Levinton veía en el cordobés una estrella pop que la cultura en la que él mismo se desarrollaba no lograba generar; un cantautor como Pablo Dacal lo consideraba un par en cuanto observador preciso de viñetas cotidianas y comenzó a filtrar en sus conciertos una versión de Amor clasificado; Andrés Calamaro cierra sus shows con (el tema) Los chicos, donde no sólo alude “al chico cuartetero” sino que pone su imagen a la altura de héroes como Pappo, Federico Moura, Luis Alberto Spinetta y Miguel Abuelo, entre otros. Rodrigo murió a los 27, como varios íconos del rock. Esta (buena) química no resultó de la nada, a decir verdad, porque Rodrigo fue testigo de cómo uno de sus amigos de barrio San Martín había logrado desarrollar un grupo de rock en la escena local. Ese amigo era el cantante Julio Anastasía (también fallecido años atrás, aunque no hincha del Belgrano de sus amores) y Los Navarros el grupo en cuestión. Es más, Los Navarros fue backing band de Rodrigo cuando comenzó sus insinuaciones en Buenos Aires. Él los admiraba, los quería, quería para sí lo que habían logrado. También pesó en el crossover la estrategia promocional que Rodrigo pensó junto a su amigo Jorge Moreno, productor oriundo de Las Varillas que estaba en la camioneta al momento del accidente pero que logró sobrevivir. Moreno, que entró a trabajar con Rodrigo en la previa de la grabación de A 2000, le aconsejó mostrarse como un embajador de nuestra música regional, que se desmarque de la cumbia, algo que Rodrigo aceptó porque estaba en sintonía con lo que él mismo pensaba pero, por el frenesí que le imponía su mánager, no podía advertir. Había cierta lógica en el asunto: Moreno creía que tenía entre manos a un gran agitador y compositor de canciones urgentes, tan deudoras del frenesí del punk como del tiroteo verbal del hip hop. Claro, Moreno no tenía plenos poderes para desarrollar todo. Una cosa es ser ideólogo y otra, muy distinta, el mánager, rol que detentaba José Luis Gozalo. Aun así, se las arregló para filtrar un logo rocker (el Potro que ilustró el disco en vivo A 2000, concebido junto al diseñador también varillense Gonzalo Ruiz) y poder capitalizar un montón de necesidades insatisfechas en el ocio metropolitano. Vale recordar que en aquel tiempo reinaba el “mezcladito”, fórmula radiofónica en la que la segmentación no tenía cabida. Más de Moreno: instruyó a periodistas de espectáculos de publicaciones “serias” que se acercaran al fenómeno de un solista magnético y sin conflictos de pulular por cuanto programa lo requiera. Así se gestó el “Rodrigazo”, una explosión que duró pocos meses pero cuyas esquirlas siguen desparramando hasta hoy. Datos duros abonan la noción de mito. Entre ellos, el hecho de que Rodrigo murió a los 27 como varios íconos disfuncionales y atormentados del rock (Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain), y un día en el que se recordaba un nuevo aniversario del también trágico deceso de Carlos Gardel. Si alguien quiere evitar el camino corto de la canonización, vale esta cita textual del mismo Rodrigo para La Voz del Interior, contenida en la entrevista publicada en la sección Artes y Espectáculos del jueves 2 de marzo de 2000: “Me comparan con un montón de gente, pero no soy el heredero de la ‘Mona’ ni soy el nuevo Sandro como dicen. Yo sólo estoy peleando por el lugar de Rodrigo. Estoy peleando, dentro del cuarteto, por el lugar que merezco. A lo mejor soy en el cuarteto lo que Soledad en el folklore: el pibe que enquilombó todo con pelos de colores y una personalidad increíble”.
Por Germán Arrascaeta

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