El  22 de mayo celebramos el Día Mundial de la Biodiversidad, una fecha muy significativa dentro del calendario medioambiental. Cada segundo se está destruyendo una parte de nuestra biodiversidad, la mayor parte por causas humanas. Esa biodiversidad depende por lo tanto del difícil equilibrio entre el progreso humano y los recursos naturales existentes.
Ese agotamiento que está teniendo lugar en el mundo en prácticamente cualquier punto del globo, está íntimamente ligado a la actividad del ser humano. En un principio los hombres no han sido conscientes del daño que estaban ejerciendo a la Naturaleza, y por lo tanto a sí mismos, ese “autoreconocimiento de culpa” ha llegado mucho después, y a base de estudios científicos realizados por conservacionistas que finalmente han salido a la primera plana de los medios de comunicación.
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Los recursos más esenciales acabarán desapareciendo, de ahí la preocupación de los activistas y de cualquier persona que vele por el futuro de la Humanidad y por el resto de seres vivos que habitan en el planeta Tierra. Nosotros necesitamos a esos seres vivos, y ellos necesitan de nosotros como los actores protagonistas de esta tragicomedia en la que nos encontramos permanentemente.

Los datos que nos vienen alarmando no son un chiste fácil: los polos se derriten a una velocidad que no sé si cuando lleguemos a viejos seguirán ahí con su blanco incorrupto, o manchados de petróleo por las nuevas introspecciones petroleras que intentarán “chupar” hasta la última gota del líquido oscuro. Los animales que en ellos habitan, llamase oso polar y otras especies, no podrán sobrevivir; su ecosistema habrá desaparecido, a no ser que se adapten y sean flexibles a otros lugares de emigración (cuestión que dudo mucho que ocurra), o que comiencen a alimentarse de otra forma.
Los árboles de los mayores bosques del planeta están cortándose para suministrar materia prima al Hombre. La taiga, otro de los pulmones del planeta, además de la selva amazónica, están notando las consecuencias. En el caso de la zona amazónica, la presión es constante para talar árboles. Una deforestación que va a un ritmo despiadado, más de la superficie que ocupa Grecia cada año desaparece. La agricultura, o mejor dicho el monocultivo, como el aceite de palma para importarlo a otros países, han sido los causantes de tan increíble barbarie. Creo que antes de que esto ocurriese habría que haber dado marcha atrás y pensar como las diferentes culturas han tratado a los árboles, los bosques sagrados de muchas religiones. Gracias a ellas muchos lugares han podido llegar hasta nuestros días.

Esta misma situación se puede trasladar a los diferentes continentes, y también por supuesto a la otra y mayor superficie que cubre nuestro planeta, al agua. Los mares y océanos se están convirtiendo en desiertos, la acidificación del agua por la contaminación y la pesca intensiva están extinguiendo los pocos animales o seres vivos que habitan en los fondos submarinos. Lo mismo se aplica a los ríos dentro de la zona terrestre.

La solución estaría en promover políticas de conservación efectivas y reales de las diferentes zonas o ecosistemas, y gestionar bosques sostenibles para obtener madera. También se tendría que hacer lo mismo con la agricultura. Una agricultura sostenible es el porvenir de las siguientes generaciones, el alimento del planeta. La promoción de razas autóctonas y el impulso a aquellas especies en vías de extinción, serán las claves para que la biodiversidad no ceda frente al egoísmo humano. Una responsabilidad mundial a la que hay que hacer frente con todos las cambios que sean necesarios.

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