La autora que murió el 10 de enero, a los 80 años, ocupa un lugar destacado en lamúsica, la narrativa y la poesía infantil. Sus obras fueron traducidas al francés, al hebreo, al finladés, al italiano y al sueco, y al guaraní.
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Premios en su carrera

En 1991 fue galardonada con el Premio Hans Cristian Andersen que entrega la International Board on Books for Young People (IBBY), una asociación de editores de libros para jóvenes y en 2010 fue homenajeada en el Primer congreso Iberoamericano de Literatura Infantil, celebrado en Chile. Ambos premios, entre otros muchos del ámbito argentino e internacional, distinguieron sus libros de cuentos como “Cuentopos de Gulubú”, “El diablo inglés” y “La nube traicionera”, pero también sus novelas como “Dailan Kifki” y “Hotel Pioho’s Palace”.

Idéntica trascendencia, o mayor aún, tuvieron sus canciones para el público infantil que se reeditaron en múltiples ocasiones, tuvieron versiones por otros artistas desde Sandra Mihanovich al Cuarteto Zupay y se convirtieron en el eje de diversos espectáculos para niños como el clásico “Canciones para mirar”. “Creo que la gente sigue haciéndoles escuchar mis canciones a los chicos porque los consideran una suerte de tesoro familiar”, explicó la compositora en 1997 al diario La Nación cuando cantantes como Joan Manuel Serrat, Palito Ortega y León Gieco grabaron un tributo en CD.

Novelas, poemas y canciones para adultos

Pero existe en la obra de María Elena Walsh una gran variedad dedicada al público adulto. Basta con mencionar a sus novelas autobiográficas “Novios de antaño” y “Fantasmas en el parque”, su libro de ensayos “Desventuras en el país jardín de infantes” o su primer libro de poemas “Otoño imperdonable” que le valió una invitación a Nueva York del poeta español Juan Ramón Jiménez.

En el camino que comenzó junto a la folclorista Leda Valladares de rescata de las composiciones nativas de las distintas regiones de la Argentina están sus canciones folclóricas y aquellas que ambas hicieron durante su exilio en París, con la influencia de los cancionistas franceses.

Pero también están sus canciones para adultos plenas de ironía y ternura. “La cigarra, casi un himno sobre la supervivencia y la capacidad de comenzar de nuevo, “Los ejecutivos”, en la que se burla de cada una de las convenciones de la vida empresarial, “Orquesta de señoritas” o aún “Requiem de madre” en el que denuncia la situación de las mujeres de todas las épocas. Así definió su trabajo para adultos el secretario de cultura de la Argentina, Jorge Coscia en un comunicado difundido esta semana por la agencia oficial Telam: “Con la canción Como la cigarra o poemas como Eva, (dedicado a Eva Perón) María Elena Walsh metaforizó como pocos la capacidad de resistencia del pueblo argentino a las dictaduras”.

Su voz en los medios

Su presencia en los medios no se redujo a la presentación de libros y discos ya que María Elena Walsh supo ser guionista de radio y televisión e incluso conductora y columnista de envíos como La gallina verde, Café con canela o Buenas tardes, mucho gusto. Pero están además sus columnas certeras y desprejuiciadas en diarios y revistas en las que defendió sus ideas incluso en contra de la opinión pública. “A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. (…) jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento, la Humanidad retrocede en cuatro patas”, definió en 1991, en el diario Clarín, en medio de un debate mediático sobre la pena de muerte. “La carpa blanca debe tomarse vacaciones”, propuso en 1997 sobre la estructura levantada frente al Congreso por el gremio docente para pedir aumento de sueldo, a contramano de la enorme adhesión que la protesta tenía en el ámbito de la cultura. Pero Walsh prefirió la madurez, decir lo que pensaba y tratar como adultos a sus lectores.

María Elena Walsh

Fantasmas en el parque

Como todos los veranos, el parque se convier­te en solárium. Llegan los vecinos con sus bártulos y a falta de mar, lago o charco, suelen rociarse con agua mineral. Reina un silencio salpicado por chillidos de horneros y benteveos, y el rumor del tráfico parece asordinarse, chocando contra los viejos troncos.
Los asoleados no se hablan, yacen como lagartos, muchos de ellos prisioneros de sus auriculares. Abundante gafa oscura, alguna revista, algún diario, quizás un libro. Y el ritual de untarse de bronceador, como si estuvieran en la playa.
Una bañista se incorpora, se alza los anteojos sobre la frente, otea el cielo con ansiedad porque avanza una nube, se despereza y en un rapto de percepción de la realidad, divisa a los intrusos y estira una mano lánguida hacia su vecina.
La invasión era discreta y solemne, pero fue ganando la curiosidad de la multitud aletargada, como ese temblor contagioso que anuncia un sismo o el paso de un prójimo célebre.
Entraba una comitiva de gente mayor, que en esa candente mañana parecían llegados del invierno. Como extranjeros, como aparecidos. Traje oscuro los hombres, discretos vestidos las mujeres. A la cabeza del cortejo iba una señora con guantes calados, portadora de un objeto venerable: una caja de bordes dorados sostenida con mucho miramiento.
La dama también llevaba anteojos negros, pero antiguos, a los que se apela no para tomar sol sino para ocultar lágrimas. Andaba indecisa, sus compañeros la sostenían con delicadeza, y todos murmuraban y señalaban puntos del suelo, rastros en el pasto ralo, reseco y profanado por los perros.
Cerca de la esquina de Coronel Díaz, junto a una placa plantada en tierra (Aquí se fusiló a la Patria) y rodeada por un cerco de hierros, la que llamaremos Viuda se detuvo a la sombra de un ciprés.
Acarició la urna, se secó una lágrima, el cortejo se apretujó junto a ella y al rato fue rodeado por algu­nos curiosos: una chica se levantó desganada de su reposera, con una toalla a la cintura, un lector abandonó su banco a la sombra, cambió de anteojos y se cubrió la calva con el diario. Dos chicos se apearon de sus bicicletas, un mendigo interrumpió su búsqueda de supuestos tesoros olvidados en el yuyal.
Y la Negra, como siempre, curioseando los movimientos del barrio.
Hubo secreteos y gestos contradictorios en el séquito. Por un lado se sentían víctimas de una curiosidad irrespetuosa, pero por otro, los desconocidos aliviaban su soledad de grupo.
Un anciano corpulento, de traje negro y camisa blanca abierta sobre las solapas, acomodó sus mocasines también blancos sobre un exiguo montículo, extrajo papeles del bolsillo e iba a leerlos, cuando la Viuda se lo impidió con un gesto que tenía algo de sublime.
Algunos curiosos se apartaron y a otros los petrificó la curiosidad, porque la escena tenía mucho de rito teatral, y eso es irresistible, sobre todo para los ociosos.
Se hizo un silencio incómodo que los asoleantes aprovecharon para inventariar el peinado antiguo, el vestido de gasa y las modestas pero abundantes joyas de la Viuda, que parecía maquillada para una función nocturna. Y entonces se dirigió a amigos y curiosos, con voz temblorosa pero acostumbrada a imponer.
—Los invito a acompañarnos. Mi finado esposo quiso que esparciéramos sus cenizas en este parque y cumplimos su voluntad. Espero que no se molesten por esto.
Los curiosos negaron con la cabeza, pero estaban indignados y fácilmente podía leerse en sus expresiones: esto no es un cementerio, señora, es un lugar para nuestro exclusivo esparcimiento, estas cosas traen mala suerte. Para esto, hubieran venido de noche ¿no hay policía aquí?
La Viuda y otros deudos peregrinaron de árbol en árbol, hasta que ella se detuvo al pie de una palmera y buscando asentimiento, abrió la tapa y esparció las cenizas en un charco, para que no se volaran.
Se persignó y los demás la imitaron, murmurando una oración, mientras los curiosos vacilaban, menos el vagabundo, que se santiguó generosamente.
Emprendieron la retirada hacia Coronel Díaz, dubitativos entre saludar con un gesto a los vecinos o salir dignamente sin mirar a nadie. El señor del diario sobre la cabeza se acercó y le dio la mano a la Viuda y después se arrepintió pensando que no había necesidad.
La multitud retomó aliviada su imperio sobre el parque, pero se había nublado, los pájaros callaban y sobrevino un clima de rareza, ese rastro que dejan los aguafiestas.
La Negra se apartó sin decir palabra pero con los ojos húmedos, meneando la cabeza.
Uno hace lo que puede con sus muertos, pero siempre pesa cargar con fantasmas, nos pasamos la vida buscando dónde ponerlos. La ilusión de que están en el cementerio y nos escuchan. Sus visitas a los sueños, de donde siempre tienen que regresar a alguna casa. .apenas reconocible…

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