(CABA) Ciudad de Buenos Aires: Cómo se vivía el Día de los Fieles Difuntos.
El culto de los que fueron, no obedece a distingos de raza, religión o nacionalidad.
Todos los pueblos y todas las creencias se confunden en él.

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La Muerte como costumbre

Hace 117 años… Allá por 1897, el Día de los Fieles Difuntos convocaba en el Cementerio del Norte, más conocido como el de la Recoleta, a una gran cantidad de visitantes, claro está, dentro de estos encontrábamos a las principales familias de Buenos Aires.
Los vendedores ambulantes de flores obstruían el paso a los agentes de policía que dentro de todo trataban de mantener el orden en todo sentido.
En el interior de la necrópolis los sepulcros se limpiaban con notable esmero, tanto que los monumentos brillaban al sol y las estatuas de bronce parecían talladas en un enorme diamante negro. Casi todas las bóvedas y panteones se enmarcaban con nutridos arreglos florales, columnas de hiedra entrelazadas con jacintos, guirnaldas, coronas y hasta en algunos casos desproporcionados ramos de violetas artificiales.

Cortejo yendo a la Chacarita

En Chacarita mientras tanto la concurrencia nunca cesaba, renovándose durante todo el día, y en el extremo oeste del barrio, se había formado una vida comercial de compra y venta de artículos funerarios, como también se construían carpas y casillas de madera donde se vendían comestibles y bebidas. En bancos formados por un tablón colocado sobre trozos de madera hombres y mujeres, comen, beben, charlan, gritan y comentan alegremente las anécdotas de sus vidas, mientras siguen renovándose las masas humanas que arrojan los tranvías de la ciudad en estos parajes de tanta desolación y tristeza.
Estas postales tan ambiguas, tan distintas contrastan también con el cuadro social, humildes y bien puestos penetran al sagrado recinto de la ciudad de los muertos. Ya en el interior de esas largas calles, silenciosas, llenas de recuerdos, pensamientos y sentimientos se depositan flores como ofrendas a la memoria de un padre, de una madre cariñosa, de un amigo o tal vez de un prometido.
El hecho es que en ese día, todo era vida en los cementerios.

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En los años 30, dentro de la Recoleta las callejuelas estaban repletas de concurrencia, una multitud en continuo movimiento, donde se destacaban algunas damas con un luto riguroso entre los sepulcros abiertos, flores y cirios que iluminaban imágenes.
Muchas de ellas orando de rodillas entre infantes que venían de las escuelas para visitar la tumba del maestro que se fue.

Dato: También en esta fecha se rendía homenaje a los muertos por la patria, las fuerzas armadas que poseían panteones de la institución visitaban a sus camaradas muertos.

Ya para las 6 de la tarde la necrópolis recobra esa soledad y silencio típico de los lugares santos, los vivos cumplieron con los muertos, dejando a su paso un tendal de flores, amor y recuerdos.

En el Cementerio del Oeste, poco después de las 5 de la mañana se abrían los portones al generoso público que se agrupaba.
A medida que pasaban las horas, la concurrencia era mayor, en el perímetro exterior de la necrópolis, como todos los años, empezaban a armarse las tiendas de comida, tengamos en cuenta que venían a pasar el día, muchos de ellos lejos de sus casas.
Estos puestos eran muy concurridos, pasaban el mediodía y regresaban a la necrópolis para cumplir con lo pactado ese día.

Las tres empresas de tranvías, Lacroze, Belga y Buenos Aires, habían conducido millares de pasajeros y asimismo no bastaban para las exigencias del público, sus viajes incesantes eran de casi todo el día a cupo más que completo. Llegando el cierre del cementerio, la multitud de personas tenían dificultades para volver a sus hogares y tomaban por “asalto” los tranvías y poder salir de todos modos de aquella extraordinaria aglomeración. No faltaba oportunidad en que la policía interviniese en algún accidente que ocurría por negligencia del público.

Tanto la empresa Anglo-Argentina como Lacroze organizaban para estos días un servicio especial para los cementerios. La Anglo-Argentina aumentaba los servicios de las líneas 10, 12, 13, 15, 16, 85, 94 y 99. Lacroze cuyas líneas convergían frente de la necrópolis, tenía que ponerle acoplados en casi todos los coches a motor y echar a mano de las jardineras, muchas de ellas salidas de los talleres.

El llanto de los humildes, sin cruces, ni flores. Tumbas sin epitafios. Los muertos que en ellas descansan no siempre han sido los menos amados!

No siempre era tranquilidad y paz en esos días de tanta solemnidad y conmemoración, las notas policiales estaban siempre a la orden del día, como cuando dos cuidadores de bóvedas de la Chacarita, Gabriel Peta, italiano de 52 años y Silverio Parada, español de 38 años se trenzaron en un pequeño tiroteo dentro de la necrópolis. La disputa vino por problemas de comisión de dinero, ya que había concurrido muchísima gente al sector de ellos y los dividendos no fueron como Parada esperaba, increpó a su patrón con una pequeña pistola y le disparó tres tiros, uno de ellos que impactó en la cara de Peta, este fue enviado al Hospital Fernández sin complicaciones y su peón detenido por agentes de la seccional 29.

La venta de flores era un gran negocio en esos días, y parte de la ofrenda era llevar desde un ramito de flores hasta un soberbio arreglo floral, todo era válido. Pero entre esos vendedores a veces se encontraban los oportunistas quienes asaltaban a las personas que descendían de los tranvías o carruajes con el ardid de ofrecerles su mercadería.
Chacarita 1909

Llegando a 1940 en la Chacarita se celebraba una misa de campaña en la primera rotonda, donde se encuentra las capillas, allí se levantaba un gran altar con una cruz donde concurría en presidente de la república, el intendente municipal, la comisión de vecinos y funcionarios de la comuna, todo enmarcado y conducido por un monseñor encargado de la ceremonia. Por altoparlantes (traídos en un camión) se oficiaba dicha misa, se pasaba música sacra y coros religiosos. El centro de estudiantes de Ciencias Económicas rendía homenaje a la memoria de José Ingenieros en su monumento justo en la puerta del crematorio, hoy en día vaya a saber dónde estará el copón que supuestamente contenían las cenizas de tan distinguido y multifacético doctor. En los diarios de época también avisaban que no se podía entrar a la necrópolis con vehículos particulares por la gran cantidad de visitantes en ese tan importante día.

Gazebo Dia de los Difuntos – 1905

En Flores la misa se oficiaba junto a la bóveda tradicional de la familia fundadora, también en los panteones sociales se contenían a los deudos, como en otros sectores del mismo y en la Recoleta si bien no era tan masiva la concurrencia, se oficiaban numerosas misas en los panteones y bóvedas, los cuales aparecían cubiertas de flores, repitiéndose durante todo el día las escenas piadosas.

Nuestras costumbres funerarias sin duda tenían sus raíces europeas, la moda del luto en todos sus aspectos, desde los vestidos, pasando por accesorios funerarios hasta los carruajes tuvieron un auge cultural muy importante, otra costumbre bastante particular era la fotografía fúnebre. Si bien las funerarias no prestaban un servicio especial de fotos: las mismas se contrataban de manera individual. Al velatorio concurría un fotógrafo el cual las tomaba en determinados momentos, en el velorio en sí, al carruaje transportando el ataúd, y en el cementerio. En este caso había dos momentos, uno en el cual salían de la capilla ardiente con el féretro transportado a pulso por sus familiares y amigos, y el otro ya habiendo sido sepultado. En otros casos, no siendo en muchos, existía la fotografía del cuerpo en el lecho de muerte o llamada post mortem, en este caso el fotógrafo también debía tener cierto grado de artista ya que debía retratar al finado de la mejor manera o lo más vivo posible. Este hacía su negocio al margen de la funeraria y los deudos les compraban las fotos que más les interesaban.

Haciendo a un lado las empresas de pompas fúnebres nos encontrábamos con aquellos que se ganaban el pan de entre los muertos o de los vivos que se acordaban de ellos. Sepultureros, floristas, marmolistas y lapidarios, pintores de epitafios, constructores de nichos, jardineros y por último ese italiano de cabellos blancos que echaba responsos seguía a todos los cortejos fúnebres o muertos para soltarles un espiche, alargaba su mano dentro del bolsillo de su gabán, sacaba su pipa y se alejaba despacito, apoyado en su bastón.

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Lo interesante de todo esto es poder apreciar que si bien en Buenos Aires y algunas capitales de nuestro país, las costumbres funerarias fueron desapareciendo gradualmente, en el Norte de nuestro suelo no pasa lo mismo, todavía se mantienen costumbres muy similares como en el resto de América Latina. Estas provienen de una antigua creencia mexicana. Cuando una persona muere, su espíritu continúa viviendo en el inframundo, lugar en el que residen las almas de quienes han dejado la vida en esta tierra. Un día al año retornan a sus antiguos hogares para visitar a sus parientes y seres queridos. Al “visitante” hay que deleitarlo y dejarlo satisfecho con todo aquello que “en vida” fue de su mayor agrado, en especial la comida. Esta “comida ritual” se efectúa en la casa y cementerio, lugares donde los vivos y muertos se hacen compañía.

Cada pueblo y región poseen algunas diferencias a la hora de conmemorar el “día de los muertos o las almas”, pero todos con la misma finalidad, agasajar a las almas de los seres queridos que han fallecido.

Hernán Santiago Vizzari – Investigador Histórico
http://parabuenosaires.com/

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