En realidad el “Éxodo jujeño” fue más una imposición que una decisión soberana de un pueblo dominado por una irresistible pasión liberadora. No podría haber sido de otra manera. Los habitantes de Jujuy no estaban en condiciones de evaluar las consecuencias de la invasión española y hasta es probable que más de uno no haya mirado con malos ojos la llegada de los realistas.
Sin ir mas lejos, en Salta para esos mismos meses, los realistas fueron recibidos como héroes. La defección pretende explicarse por los compromisos de la clase dirigente salteña con los enemigos. ¿Es verdad? Lo es. Pero lo es, siempre y cuando se admita la hipótesis de que la guerra que se llevaba a cabo en el Alto Perú se asimilaba más a la modalidad de una guerra civil que a un enfrentamiento entre españoles y criollos.

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Pío Tristán y José Manuel de Goyeneche, los jefes realistas, eran criollos. El capitán Zabala, el jefe militar que San Martín derrotó en el combate de San Lorenzo, luego se incorporó al Ejército de los Andes. Ni traidores ni vendepatrias. Se trataba de una lucha que para esa época enfrentaba a demócratas contra absolutistas, para decirlo de una manera algo simplificada. En esa guerra civil se comprometían intereses regionales, económicos e incluso de clase. Asimismo, el conflicto armado incubaba los gérmenes de un proceso liberador que incluía afanes independentistas y separatistas que, para esa fecha -1812-, apenas se insinuaban.
El frente militar del Alto Perú nunca fue fácil para los patriotas. En principio, en ese territorio se jugó en más de una circunstancia el destino de la revolución. En el Alto Perú se afianzaba el poderío realista abastecido desde Lima. La posibilidad de una invasión que llegara hasta Buenos Aires siempre va a estar presente. Por lo menos lo va a estar hasta 1817. No concluyen con estos datos la importancia del Alto Perú, porque, por sobre todas las cosas, esta región era la productora del oro y la plata cuyos cargamentos, con destino a España a través del puerto de Buenos Aires, se habían interrumpido como consecuencia de la revolución. En términos económicos, esa “interrupción” representaba más del sesenta por ciento de los ingresos del virreinato. Conquistar el Alto Perú, entonces, era también recuperar esa imprescindible fuente de ingresos.
Así como la batalla de Suipacha le permitió a los patriotas conquistar el Alto Perú, el llamado “desastre de Huaqui” invirtió la situación y, como consecuencia de ello, los realistas controlaban ese territorio. Como suele pasar en estos casos, las derrotas no vienen solas. Huaqui acentúa las diferencias internas entre los patriotas. Las relaciones entre Castelli y Antonio González Balcarce nunca fueron buenas. Tampoco serán idílicas las relaciones con los otros jefes militares enviados a ese frente: Pueyrredón y Viamonte. El malestar incluía a los jefes militares y a su oficialidad. Todos desconfiaban de todos. Los celos, las diferencias políticas, y el propio clima de derrota acentuaban los conflictos.
En ese contexto, el Triunvirato designó a Belgrano jefe del Ejército del Norte. El traspaso del mando se hizo en la posta de Yatasto, que luego será famosa por otro traspaso. La misión de Belgrano estuvo muy lejos de ser placentera. El jefe militar debió lidiar con oficiales insumisos y una tropa desmoralizada y mal paga. Lo hizo como pudo. Belgrano no tenía buena prensa en Buenos Aires, y sus enemigos eran muy activos. Su iniciativa de crear una bandera en las barrancas de Rosario no fue vista con buenos ojos y tampoco lo felicitarán por haberla hecho flamear en al ciudad de Jujuy en mayo de 1812.
Las ordenes de Buenos Aires eran las de retroceder y no presentar batalla. Incluso, se exigía que la fábrica de armas que funcionaba en Tucumán sea trasladada a Córdoba. Belgrano, un experto en desobedecer órdenes superiores, acató a medias. En el camino recompuso como pudo la disciplina de sus tropas y se esforzó por recrear la mística patriota.
El objetivo será retroceder, no hasta Córdoba sino a Tucumán, un objetivo que se fue cumpliendo por etapas. Las tropas de Tristán, bien armadas y mejor montadas, avanzaban sobre Jujuy. El 29 de julio de ese año, Belgrano redactó un bando ordenando a todos los habitantes a abandonar la ciudad. No fue un pedido, fue una orden. Una orden de tierra arrasada para el enemigo. El éxodo se haría por las buenas o por las malas. El texto del bando no deja dudas al respecto, pero merece leerse porque es representativo de cómo estaban los ánimos y del carácter de Belgrano en estas situaciones límite.
”Hacendados: apresuraos a sacar vuestro ganado vacuno, caballares, mulares y lanares que haya en vuestras estancias, y al mismo tiempo vuestros charquis hacia el Tucumán, sin darme lugar a que tome providencias que os sean dolorosas, declarandóos además si no lo hicieseis traidores a la patria. Labradores: asegurad vuestras cosechas extrayéndolas para dicho punto, en la inteligencia de que no haciéndolo incurriréis en igual desgracia que aquellos. Comerciantes: no perdáis un momento en enfardelar vuestros efectos y remitirlos, e igualmente cuantos hubiere en vuestro poder de ajena pertenencia, pues no ejecutándolo sufriréis las penas que aquellos, y además serán quemados los efectos que se hallaren, sea en poder de quien fuere, y a quien pertenezcan. Entended todos que al que se encontrare fuera de las guardias avanzadas del ejército en todos los puntos en que las hay, o que intente pasar sin mi pasaporte será pasado por las armas inmediatamente, sin forma alguna de proceso. Que igual pena sufrirá aquel que por sus conversaciones o por hechos atentase contra la causa sagrada de la Patria, sea de la clase, estado o condición que fuese. Que los que inspirasen desaliento estén revestidos del carácter que estuviesen serán igualmente pasados por las armas con sólo la deposición de dos testigos. Que serán tenidos por traidores a la patria todos los que a mi primera orden no estuvieran prontos a marchar y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad, sean de la clase y condición que fuesen. ”No espero que haya uno solo que me dé lugar para poner en ejecución las referidas penas, pues los verdaderos hijos de la patria me prometo que se empeñarán en ayudarme, como amantes de tan digna madre, y los desnaturalizados obedecerán ciegamente y ocultarán sus inicuas intensiones. Más, si así no fuese, sabed que se acabaron las consideraciones de cualquier especie que sean, y que nada será bastante para que deje de cumplir cuanto dejo dispuesto. Cuartel general de Jujuy, 29 de julio de 1812”.
Como se podrá apreciar, este Belgrano está muy lejos de las imágenes dulcificadas de las litografías escolares. El bando es durísimo y sorprendió a muchos por su fuerza. Los primeros alborotados por el texto fueron los jefes realistas, quienes no vacilaron en calificarlo de “bando impío”. Belgrano, por su parte, respaldó su decisión apoyándose en la autoridad de sus oficiales y en los principales jefes políticos jujeños, particularmente en los hermanos Gorriti.
Como todo general que se precie, Belgrano fue el último en abandonar Jujuy. La política de tierra arrasada se cumplió al pie de la letra. Mientras tanto, la población avanzaba en dirección a Metán. Llevaba ropas, haciendas, muebles y alimentos. En una misma columna se confundían niñas, ancianos y mujeres. Nunca sabremos si estaban contentos o tristes. Belgrano no les había dejado demasiadas opciones.
Decía que las órdenes de Buenos Aires eran las de retroceder hasta Santiago del Estero y Córdoba. Belgrano desobedeció una vez más y enderezó hacia Tucumán. No todas las noticias eran malas. El 3 de septiembre sus tropas derrotarán en una escaramuza a las avanzadas realistas. Allí estaban hombres como Dorrego, Lamadrid y Paz, que en el futuro darán que hablar.
Entusiasmadas por la victoria, las tropas patriotas llegaron a Tucumán y decidieron presentar batalla. Al resultado lo conocemos; también, a sus consecuencias políticas. El Primer Triunvirato caerá el 8 de octubre. Y en esa caída jugará un papel importante…

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